La piña y el desfiladero

El restaurante universal

Una de las calles más céntricas e históricas de mi ciudad se ha convertido en un restaurante. En cosa de un par de años, bajos cerrados y tiendas locales han dado paso a franquicias sin fin.
Paso a paso, restaurante a restaurante, te acercas a la catedral, flanqueada también por bares que alternan entre sitios pseudopijos y trampas para turistas. No hay ninguna experiencia ahí. Solo luces, decorados estándar y señores mayores adinerados que viven por la zona y asisten con cierta perplejidad al cambio.
Ahora ellos se marchan a comer a restaurantes caros en las afueras de la ciudad, mientras que los que viven en el afuera, aún relativamente barato, bajan al centro a consumir su Popeyes o su Mochi de factoría. Y está bien.
Aqui no hay tantos turistas (aún) como en los grandes simulacros de ciudad. En el centro de mi ciudad los extraños somos los propios residentes, sorprendidos por una nueva franquicia visitante que se lleva los beneficios otra parte, dejando simulacros de experiencias y sueldos de miseria.
La mayor señal de la rendición de los murcianos es el éxito de esa nueva franquicia de embutidos ibéricos con dependientes disfrazados de señoritos del campo castellano, quitándole clientela a la tienda de toda la vida, con mucho producto local de calidad, que pervive unas manzanas más allá. Los propios lugareños se dejan engañar así sobre su propia identidad local y/o nacional.
Yo, que nunca he reflexionado mucho sobre mí identidad geográfica, siento pavor ante tal rendición al no lugar, al espacio liminal comercial, a las backdoors del influencer.