E.E.U.U. Ha mantenido la hegemonía tecnológica -concretamente la digital- durante décadas.
Por cuestiones oligopolísticas e ideológicas, el país ha creído que la Inteligencia Artificial era el paso definitivo en dicha hegemonía para tener a todas las naciones bajo su yugo.
Esto ha fracasado por dos razones: primero, China amenaza dicha hegemonía en el campo de la IA haciendo modelos más baratos, con un uso más eficiente de energía y, por supuesto, “robando” ideas y usando la destilación de modelos estadounidenses; segundo, la corriente sociopolítica contra el uso y las consecuencias de los grandes centros de datos necesarios para esa tecnología crece casi exponencialmente.
Ya estamos empezando a ver alumnos, profesores, investigadores y gente en general que produce y usa tecnología, absolutamente desquiciada, enfadada y mostrando día a día y de forma clara y evidente que la tecnología no funciona, es peligrosa, y produce daños irreversibles tanto en nuestro cerebro, en nuestra cultura y en el medio ambiente. Especialmente en E.E.U.U.
En la situación geopolítica actual, vemos como, incluso considerando la IA como el destino tecnológico de los próximos años, la energía necesaria para alimentar esas máquinas será renovable o no será (rentable).
Las tonterías de Trump y su dependencia del lobby petroquímico está consiguiendo que tanto Europa como China estén en camino de conseguir una posición muy destacada en el uso de esas energías renovables.
*Europa está en condiciones inmejorables para, en aras de conseguir su soberanía digital en un escenario de conflicto eterno, fomentando nuevas tecnologías digitales que promuevan una sociedad basada en el concepto de procomún digital, mediante la creación y fomento de plataformas de código abierto, suites ofimáticas seguras y no dependientes de la enmierdificación IA y pseudosocial.
Necesitamos una Europa con herramientas digitales transparentes y en las que el beneficio económico no esté desligado de la idea de conseguir productos rentables pero orientados a que sus clientes lo sean no porque estén encerrados en “jardines vallados”, sino porque pagan por herramientas eficaces en su trabajo y respetuosas con la humanidad y el medio ambiente. Esa sería una Europa en camino de convertir su propia soberanía digital en una hegemonía política que mitigue los problemas desastrosos del cambio climático y las amenazas inminentes del tecnopolio USA.
Recoger el testigo del progreso de nuevo bajo una visión humanista de la tecnología, liberándose del fascismo tecnopolítico de Altman, Musk o Thiel es el único camino para salvar a Europa y, de paso, al mundo.