Los falsos filósofos
Fernando Savater entra en su enésima polémica llamando "la tía gorda esa" a Lalachus, tras su paso por las campanadas de RTVE, en las que enseñó la estampita que enfadó mucho a los criptofascistas de HazteOir -no tanto, probablemente, a los cristianos de verdad, conscientes de la universalidad del símbolo y su incorporación al universo pop-.
En el artículo, publicado en el psudomedio de "exiliados" venezolanos The Objetive, Savater presume de no saber cómo se llama la humorista, pero sí parece conocer su talla. No queda muy claro si el señoro está enfadado por lo de las campanadas, pero sí parece que no le mola mucho el peso de Lalachus. Que un señor mayor, no precisamente un Adonis, desprecie a alguien por su aspecto físico es fascinante, aunque sucede con tertuliana frecuencia.
A lo largo de mi vida me he encontrado a bastantes "filósofos" de la calaña de Savater. La humildad no es una virtud muy habitual en el gremio y, con la edad, la poca que queda va disminuyendo. Es frecuente que nos topemos con profesores de filosofía entrados en años con una actitud adolescente digna del incel más furioso: de vuelta de todo, propaga insultos aquí y allá, especialmente sobre la capacidad cognoscitiva del resto del mundo. Por supuesto, nunca puede faltar la referencia a Nietzsche, que usa como chivo expiatorio para poder llamar gordo, calvo, viejo o lo que se tercie a aquel al que pretende humillar intelectualmente.
No hay gremio que tenga más alto concepto de sí mismo que el de los profesores de filosofía. Esto se potencia especialmente si el filósofo en cuestión tiene una columna en un medio de comunicación o participa en alguna tertulia pública. El truco de su éxito consiste en disfrazar la amargura sobrevenida por ser incapaces de comprender las nuevas claves sociopolíticas de lucha proteica contra lo woke. Los excesos retóricos y políticos de unos pocos se convierten en la excusa perfecta para que el filósofo enfadado con el mundo que no comprende pueda ejercer su destreza retórica con fluidez. Tiene a unos cuantos clásicos españoles para respaldarle. Porque la filosofía no se hace sola, hay que hacerla, y para hacerla hay que hablar de "gordas"; no decir "gorda" es rendirse a la censura, etc.
Estos discursos, solo merecedores de atención en patios de colegio, son muy apreciados precisamente cuando se enuncian desde una boca filosófica, porque adquieren una pátina intelectual de la que carecen cuando salen de los engranajes de la troupe de Pablo Motos.
Yo, como le pasaba a aquel otro, no sé muy bien lo que es un filósofo. Pero lo que sí sé es que un tipo que, cual adolescente, presume desde su púlpito ultra-financiado de ser mejor que alguien hasta el punto de fardar de que no conoce su nombre pero sí su peso, no es un filósofo.
El que presume de no saber porque lo que se ha de saber es demasiado vulgar para tan excelso intelecto, no es filósofo.
El que utiliza su prestigio intelectual para atacar a los que no han sido iluminados por el resplandor de la verdad platónica, no es filósofo.
El que se inventa enemigos inexistentes para considerarse por encima de aquellos que no creen en la existencia de tal enemigo no es filósofo.
Los que viven de decir a los demás qué está bien y qué está mal no son filósofos, sino tertulianos y/o curas.