Retrato de un viejo conservador
Un hombre cansado, mayor, reposado, de carácter reflexivo. Pasa buenos ratos con sus nietos preadolescentes, pero su rictus se tuerce cuando observa cómo ellos hablan con naturalidad de personas y cosas LGBTQ+. Ya recibió su dosis de realidad cuando dos de sus nietas mayores salieron del armario hace unos años y le explicaron que, o cambiaba el chip o iba a acabar más solo que la una. Finalmente adoptó la postura de fingir que no pasaba nada, que todo era como antes. A veces incluso podía estar delante de ellas y casi olvidar el asunto.
Esos nietos no están bautizados, y es otra losa que pesa sobre su tranquilidad. Todo le es extraño y hostil en la calle: los pelos de colores, los tatuajes, los abrazos ajenos. Prefiere quedarse en casa y ver sus programas preferidos en los que otros señores mayores se escandalizan ante las mismas cosas que él.
Habla continuamente de la decadencia de la sociedad, del mal camino, de la violencia. Pero, ay, si el fuese joven sería el primero en "poner firmes" a los que modelan el mundo diferente a como el lo quiere. Mientras, se le llena la boca con la palabra "libertad". Libertad, por supuesto, para poder censurar de la manera más conveniente, todas aquellas cosas que no le gustan sobre el mundo.
Últimamente se encuentra un tanto menos preocupado porque Trump ha ganado y ve que algunos jóvenes sienten una pseudonostalgia por los tiempos que él vivió con alegría. Reconoce los símbolos, los gestos, los gritos, como preludio de un regreso a su época dorada. De nosotros, y de sus nietos, es tarea evitar que él deje de sentir nostalgia. Le preferimos amargado, triste y solo. Aunque le queramos.